La Camelia: un periódico hecho por “mugeres”

En Buenos Aires, el 11 de abril de 1852, surge el periódico La Camelia y finaliza el 20 de junio con la salida de treinta y un números. Hasta ese momento, se desconoce el nombre de sus responsables ya que eligen el anonimato. En su portada figura el lema Viva la Confederación Argentina. Libertad: no licenciaigualdad entre los secsos. Espacios más abajo aparece lasiguiente cita: Siendo flor se puede vivir sin olor. Siendo muger no se puede vivir sin amor, extraída del cuento La Camelia, sin que consten los datos de su autor.[1]

Se publica los domingos, martes y jueves. Un dato distintivo del periodismo de la época es que se vende solo por suscripción. Esto podría incidir sobre la difusión de la prensa femenina puesto que, por un lado, se supone que carecen de un número sustantivo de lectoras y, por el otro, la mayoría de la población desconoce su existencia.

Los treinta y un números mantienen de manera estable las siguientes secciones: una editorial titulada Las Redactoras; Modas, Correspondencias y Variedades. Esta última es la más dinámica. En ella aparecen reproducciones de obras de teatro, cuentos, poesías, miscelánea, opiniones de temas políticos puntuales, crítica teatral y citas de famosos pensadores. Lamayoría de los textos literarios son publicados por entregas: Este nuevo fenómeno que es el folletín tiene su origen en la prensa francesa y, a mediados del siglo XIX, se impone en nuestras tierras. Siguiendo esta tendencia tan de moda en la época, La Camelia lo practica desde el primer número con el cuento que da origen a su nombre.

¿Quiénes son las autoras?

En su primer número, en la sección Correspondencias, en un diálogo entre una simpatizante de dicho periódico y un señor curioso, los lectores descubren que son tres las responsables de tal iniciativa.

“Queridas redactoras de La Camelia:

…-¿Será sin duda por decirse redactado por mujeres?

-Así es.

-Pues creo os equivocais; el redactor será algún hombre bajo el anónimo de mujeres.

-No, señor.

-¿Según eso conoceis las Editoras?

-Sí, señor.

-¿Por qué, señor?

-Porque será como cosa de mugeres

-…creo no son mugeres las redactoras. Hia, como que vivimos en un siglo mercantil y…

-Señor, las redactoras son tres señoras y me jacto en decir amigas mías, ellas…

-Bien, sea, pero en tal caso podías decirme sus nombres.

-No, señor, porque ese secreto no me pertenece.

-Ja, ja; ¡qué lindo modo de evadirse!

(La Camelia, Nº 1, 11 de abril de 1852)

De acuerdo a esta correspondencia, un sinnúmero de varones se muestran interesados en conocer la real identidad sexual de las personas responsables de la publicación. En tanto que ciertas seguidoras mantienen una complicidad y lealtad con las autoras al no hacer público sus nombres.

Se podría suponer que el uso de seudónimos en lugar de ser una muestra de debilidad, expresa una maniobra política para despegarse del peso del apellido familiar o conyugal.

A pesar de esta presunción, la estrategia de ocultamiento no es en vano: el Buenos Aires de entonces era una aldea, en donde ellas pueden sufrir el acoso o la violencia por semejante osadía. Por ejemplo, La Camelia recibe una tremenda ofensiva por parte de dos periódicos: por un lado, El Padre Castañeta que organiza una vasta y descalificada campaña y, por el otro, El Torito Colorado, el cual le dedica dos comentarios. Ello llevará a que Rosa Guerra[2], una de las supuestas editoras, testimonie en la publicación Los Debates su desvinculación de dicho medio. De inmediato, La Camelia avala los argumentos de ella:

“Las Redactoras.

…sentimos sobremanera que haya corrido la voz con bastante generalidad, que la señorita Rosa Guerra tenía parte en la redacción de nuestro periódico y ha hecho muy bien en apresurarse a desmentir esa generalidad, que con la mayor ligereza la ha supuesto capaz de tan pobres producciones.” (Los Debates, 5 de mayo de 1852).

Las aclaraciones hechas por Rosa Guerra no satisfacen a aquellos dudosos que insisten en mantener el debate. El diario El Torito Colorado es un ejemplo de ello.

A las editoras de La Camelia:

“Esperamos que Ustedes nos perdonen la ofensa que le hacemos en no creer que la señorita Guerra no sea una de las principales redactoras de su fenómeno periódico y por esto esperamos que cumplan la promesa que habéis hecho de dar vuestro nombre y apellido, de este modo sabremos si sois feas, lindas, viejas o mozas, gordas o flacas, casadas o solteras. Los dos hermanos.” (El Torito Colorado, Año I, 13 de mayo de 1852)

Evidentemente, es más significativo abordar este proyecto de civismo implementado a través del periodismo político por un grupo de mujeres ilustradas, que rastrear los nombres de las autoras. Con independencia de que sea una u otra, todas ellas comparten un mismo horizonte de cultura y una tradición civilizatoria que las lleva a configurar un modo de pathosformel femenino con una conciencia que lasincita a tomar la palabra y a organizarse intelectualmente.

¿Quiénes son los lectores?

Una creciente ampliación y transformación de los campos de lectura parece haber sido una característica del Buenos Aires posterior a Caseros. Si bien es difícil saber cuáles fueron sus alcances y sus límites, es obvio que incorpora a sectores que no circulan por los ambientes relativamente estrechos- aunque no clausurados- de las elites políticas e intelectuales locales[3].

Al revisar en La Camelia la sección Correspondencias, se infiere que sus interlocutores se dividen por igual entre mujeres y hombres, pese a que aparece en la prensa de la época un dato sugestivo: una encuesta porteña de 1856 devela la existencia de 14.667 mujeres alfabetas sobre 10.212 varones. Significa entonces que aparece un corpus femenino dispuesto a leer y a comunicarse.[4]

Es probable que las cartas de lectoras adquieran otro grado valorativo para ellas, puesto que representan formas espontáneas de aparición y de participación en un medio que aún le es ajeno, como el periodismo. Aunque curiosamente, si lo que esas corresponsales buscaban era hacerse conocer, esto se tornaba imposible pues por lo general la identidad estaba oculta tras un nombre de pila. Pero los lectores también cultivan la estética del anonimato a través del seudónimo. Por lo visto, escribir en La Camelia es una transgresión ya que los receptores de ambos sexos como las autoras, mantienen reservados sus nombres. Tan es así que los muchos varones insisten en querer descubrir laverdadera identidad de las responsables de la publicación.

Presumiblemente, previniendo reacciones desfavorables de parte de sus detractores, La Camelia aclara que sus objetivos apuntan a interpretar no solo las necesidades de las mujeres sino también las de las familias.

No nos apartaremos, sin embargo de la senda que hasta hoy hemos seguido, respecto de nuestro secso. Y las correspondencias que insertémos serán generalmente las que no encierren defensa personal en ningún sentido, ni materias inmorales bajo ningún aspecto. Bien podrán nuestras compatriotas madres de familia ofrecer á sus hijos la lectura de La Camelia, que nada impío, inmoral ni deshonesto encontrarán en ella…” (La Camelia Nº 11, 4 de mayo de 1852)

En cuanto al grado de recepción que tuvo este periódico se supone que fue en aumento, en base al pedido de disculpas ante las dificultades en la distribución que aparece en uno de los números; ellas dicen: Un reparto nuevo y numeroso, demanda algunas dificultades para su arreglo.

¿Cómo es La Camelia?

La Camelia se destaca no solo por ser una publicación de mujeres para mujeres, sino también por su acentuado tono crítico al rosismo. Ello responde, en primer lugar, a que las autoras desean intervenir activamente en el debate que se abre en torno a la construcción del nuevo orden social y político del país, durante la era del despegue del liberalismo:

Pueden plasmar su propia voz en el contexto de la nación… no solo participan en la discusión nacional, sino que producen un lenguaje para entrar en ese debate“. [5] Y, en segundo lugar, a que el carácter antirrosista de La Camelia también podría estar motivado por dos grandes cuestiones: en primer lugar, por una mirada crítica en cuanto a lo que ellas consideran la utilización que hacía el régimen sobre lasmujeres. Y en segundo lugar, por la pertenencia social burguesa de sus autoras que las convierte en opositoras. Además, las distingue del amplio arco de mujeres de sectores populares: esclavas, negras, pardas, indias, mancebas, mendigas, trabajadoras ambulantes y de otros cortes diferenciales por clase, etnia y región.

La mujer y la familia se convierten en mediadores del poder del Estado. El gobierno paternalista de Rosas impone estrictas censuras al comportamiento femenino. Al insistir en una alianza entre ellas y la iglesia, el régimen utiliza a las mujeres para apoyar funciones de Estado y su peculiar forma de moral “.[6]

A raíz de las actividades periodísticas de las responsables de La Camelia, los opositores patrocinan argumentos de tal intolerancia que laofensa personal (lenguas viperinas, mujeres públicas, viejas cotorronas, perseguidora de jóvenes, corrompidas y fétidas, entre otras) se constituye en el discurso imperante. Son sus juicios taxativos contra la viciada dirigencia política, lo que provoca tal ofensiva misógina y machista.

“Mucha importancia le damos con esto; pero nos horripila tanto el ver a una muger escribir de política en días críticos, como ver suelto por las calles a un perro rabioso

(Periódico La Prensa Nacional, Año I, 22 de junio de 1852)

Tanta reacción adversa presume que el compromiso de La Camelia con la liberación nacional es tan importante como con la liberación de lasmujeres.

Si bien La Camelia representa un alegato contra la discriminación y la desigualdad de sus pares, al contextualizarse en un momento concreto del país, el triunfo de Caseros, se convierte en un documento político. Documento por cierto cuestionador tanto del totalitarismo como del ejercicio masculino del poder. En este escenario, los varones han demostrado su naturaleza: dominar a través de la fuerza.

“… Durante veinte años se había condensado ocultando nuestro pasado, mostrándonos un presente de sangre, devastación, humillación, dolor, llanto y desesperación: de él surgían cual espectros el terror, la muerte, la delación, la calumnia y todos los monstruos que creara latiranía.” (La Camelia Nº 1, 11 de abril de 1852)

No obstante, la lucha por derrocar al gobierno de Rosas diluye el conflicto entre los sexos. El compromiso por destituirlo es de hombres y mujeres por igual.

Nosotras como los hombres, hemos participado de las persecuciones de la fe política, nosotras al lado de nuestros padres, de nuestros esposos, de nuestros hermanos, de nuestros hijos… Nosotras, en fin, hemos contribuido a la alta empresa de libertad y de derrocar ese poder absoluto y bárbaro que por veinte anos, ha hecho gemir a los pueblos argentinos”. (La Camelia Nº 7, 25 de abril de 1852)

Su caída y la etapa posterior reabre dicho debate pendiente por el momento de opresión política transitado que congeló el espíritu de reclamos por el reconocimiento de las diferencias genéricas. Vale decir: este nuevo orden instaurado a partir de 1852 debería contemplar lasdeudas pendientes que la sociedad tiene con las mujeres.

Las autoras van y vienen en un contraste permanente entre sus demandas, las que no generan fuertes reacciones sociales ni efectos políticos sobre el ejercicio del poder por parte de los varones. No son ellas, con su espíritu reivindicativo de libertad e igualdad, responsables del desborde, el caos; sino que un gobierno tiránico es el signo de los excesos. Ello es para La Camelia igual a licencia.

“..Entramos en la Nueva Era en pleno goce de nuestros derechos, la libertad y el orden, no la licencia.  La licencia es precursora de laanarquía y esta de la tiranía…”

(La Camelia Nº 1, 11 de abril de 1852)

Al inaugurarse otra etapa política, “Buenos Aires (…) es entonces sede del experimento de consolidación nacional dirigido por una elite nueva, que se siente protagonista de una epopeya iluminada por las antorchas del liberalismo y el progreso“. [7] Existe una necesidad por querer llevar a la práctica los valores de la igualdad y la fraternidad, los cuales son inherentes a una sociedad libre y republicana. LaCamelia se inscribe en esta tendencia: primar el interés de vincularse entre individuos iguales que por propia voluntad se unen para obtener un fin común. Y no hay mejor instrumento para configurar la esfera pública  y vigorizar a la sociedad civil que la prensa.

Buenos Aires se caracterizó siempre por sus prolíficas imprentas. De ellas salieron a lo largo de los años variedad de periódicos, folletos, hojas sueltas y, en menor número, libros. “No obstante, el periodismo se convierte en la pieza clave del nuevo sistema político, en la medida en que se la considera a la vez expresión y origen de la opinión pública“. “Entonces, tener un diario es una necesidad no solo para los dirigentes sino para cualquier persona o grupo que quisiera tener presencia pública, presionar por sus intereses, defender una opinión“. [8]

No cabe duda que nuestras féminas son representantes de una clase social acostumbrada a la producción y consumo de bienes culturales. No obstante, la frivolidad es parte de los nuevos códigos culturales y de ocio de estos sectores en ascenso; importando más la recepción mundana que la conversación intelectual. “Las mujeres de la alta burguesía tienen como misión principal el mostrar, a través de su propia persona laposición económica del marido. Por ello, son eximidas de la realización de cualquier trabajo, debiendo ocuparse únicamente de laactividades sociales que les permitan manifestar pública y ostensiblemente su ocio “. [9] De allí, el empeño de ellas por instalar y difundir más allá de sus circuitos íntimos, una visión inaugural en torno a la importancia significativa del desarrollo de la educación sustentado en el rol protagónico de sus pares. Y es en este espacio en donde ellas visibilizan su exclusión. Por lo tanto, para integrarse al nuevo proyecto político buscan su lugar a través de la educación, herramienta fundamental para reparar las desigualdades existentes. Aunque, sin tensar el difícil equilibrio entre sus obligaciones tradicionales y estos nuevos horizontes de expansión pública.

Ahora bien, cuando hablan de educación también incluyen en este mismo concepto el rol de la maternidad y sus obligaciones que se entienden como constitutivas de la condición femenina. Entonces, instalar un nuevo tipo de enseñanza significa calificar sus responsabilidades tradicionales para servir al nuevo sistema político. Otra vez se retoman aquellos postulados de la Ilustración por los cuales la maternidad sirve como argumento a favor de reformas educativas y legislativas, poniendo el acento en el aporte cultural que se haría a partir de esa propiedad biológica femenina porque “pragmáticamente redundaría en un beneficio público ya que la mujer, entonces, sería la encargada de vigilar la instrucción de sus hijos, ayudar a su esposo a no olvidar lo aprendido en su juventud y, en igualdad de conocimientos con su marido, acrecentaría la felicidad familiar“. [10]

En suma: reconocen su capacidad de dar vida como un bien supremo. Es decir, “la imagen de la mujer como madre republicana, ocupada en los quehaceres domésticos y la instrucción hogareña de los futuros ciudadanos de la nación[11].

El Buenos Aires de entonces ya está bastante familiarizado con los debates que generan estas demandas. Y es justamente desde los orígenes de la prensa en el Río de la Plata que, en la sección Correspondencias o lectores, se mantiene esta acalorada discusión entre ambos sexos.[12] No cabe duda que el aislamiento cultural de Argentina, a lo largo del rosismo, se hizo sentir. Probablemente el exilio, los viajes y laliteratura permiten consustanciarse con los avances de la ciencia y con la existencia de modelos alternativos de mujer en las sociedades modernas capitalistas.

“…Pidan esos espíritus mezquinos, a la culta Europa los catálogos de sus mugeres sabias: humíllense hasta ese punto, esos pirrónicos hombres y se convencerán de que hubo, hay y habrán mugeres capaces de saber, en todos los ramos que cursaron los hombres que se llaman sabios…” (La Camelia  Nº 7, 25 de abril de 1852)

“No somos las americanas inferior clase que las europeas… Si nos dispensasen la enseñanza de la filosofía, la historia, ciencias exactas y derecho natural y civil, nuevo progreso habría en las ciencias y en las artes.” (La Camelia Nº 10, 2 de mayo de 1852)

Pese al consenso expreso, este mismo periódico alerta sobre el peligro que acecha a las mujeres cultas el alejarse del cuidado de lascostumbres para incurrir en el mundo masculino de las leyes.

Pero es mejor descubrir cuáles son los pedidos específicos de La Camelia:

“…No se crea que al pedir un nuevo órden de enseñanza, nos animan aspiraciones indebidas a nuestro secso, no tratamos de ocupar con el tiempo, un lugar en las cámaras, no señores, tratamos solamente de llenar el vacío que el orden social nos prescribe y que la misma naturaleza nos imponen: cuidar de la educación de nuestros hijos, defender sus derechos y dar ciudadanos a la Patria…” (La Camelia Nº 9, 23 de abril de 1852)

Como en un juego de analogías, las mujeres se encuentran en una situación similar a la patria. Se fusionan en la medida en que ambas son féminas, reciben maltrato y muchos de sus derechos aún están pendientes. En síntesis, los varones burlan las leyes de la naturaleza humana para ejercer una tiranía privada sobre ellas, en tanto Rosas burla las leyes de la sociedad para ejercer una tiranía pública.

“…la infeliz muger, en medio del bullicio de la sociedad que la atormenta le halaga la sola esperanza de ser útil a su patria, a sus amigos y a sí misma le hace soportable esa cadena de frecuentes padecimientos, que ha forjado la tiranía de los hombres, burlándose de las leyes de la naturaleza…” (La Camelia Nº 4, 18 de abril de 1852)

Notable paradoja: las autoras de La Camelia poco o nada tienen que ver con esas imágenes femeninas silenciosas y subordinadas del mundo doméstico, ya que la osadía de apropiarse de la palabra es lo que hace que las estudiemos en la actualidad.

Oportuno es aclarar cómo desde un rol tradicional de sometimiento y control patriarcal, ellas intentan subvertir el orden instituido dentro del propio orden.

Para analizar el fenómeno de la prensa femenina, conviene efectuar un pequeño recorrido en torno al contexto de presión y opresión, en el cual estas mujeres se mueven y del cual son, de alguna manera, sus productos.[13] La herencia colonial aún influye sobre las normas y procederes. Sus vidas están centradas en la familia y en el matrimonio.

En las configuraciones culturales, las mujeres son concebidas y se conciben a sí mismas desde su especificidad biológica, en cuanto a su función reproductora. Difícilmente ellas estén representadas como sujetos de derecho a diferencia de los varones, que se constituyen como un todo de razón y pasión en una tensión creativa. La sensibilidad sentimental y la posibilidad de procreación serán  dispositivos reguladores para mantener el orden patriarcal vigente. Conservar la honra moral y la reputación de virtud es un honor femenino que se constituye en deber. Y para su cumplimiento se necesita de un férreo control ejercido no solo por los jefes de familia, sino también por un sustento de redes represivas de otras mujeres, asistidas por sacerdotes y confesores.

En suma, el matrimonio es la institución adecuada para la reproducción de la vida y el único lugar posible de desplegarse la sexualidad femenina.

Tal vez la necesidad de sentirse reconocidas como mujeres de su siglo, que desean discutir los grandes temas nacionales en un proceso de iniciación democrática y que reflexionan sobre sus carencias, las configura en una variante de la pathosformel que modela un perfil de mujer legitimada por las tendencias euromodernas que exigen un reconocimiento en tanto ciudadanas.

Conclusiones

La Camelia se singulariza por ser una publicación bisagra entre un proceso de gran inestabilidad frente a las luchas de liberales y rosistas y el lento ingreso hacia las transformaciones sociales, políticas y económicas después del triunfo de Caseros. Significa entonces un documento de época en el que, al leerlo, se difiere el pasado conflictivo de las pugnas y el futuro esperanzador del contrato político que se abre a mediados del siglo XIX. En este sentido, pone de manifiesto una concepción del texto como instrumento de denuncia y un ideal de periodismo sostén de un diseño de nación.

Presumiblemente, el discurso de La Camelia no queda flotando en el vacío en ese Buenos Aires partido en dos. Las expresiones tradicionales son sus enérgicas opositoras. Cabe suponer que en algo habrá tallado. Es imposible presumir cómo fue el contacto entre nuestras escritoras y el circuito selectivo de sus lectoras así como los efectos de su intervención. Es conocida la ausencia de fuentes que develen una interacción entre ambos universos. Asimismo, ronda la posibilidad que dicha publicación también se haya propuesto sensibilizar a aquellos hombres que detentaban el monopolio de la autoridad pública.

En suma: las autoras de La Camelia, a través del dispositivo de representación al escribir “en nombre de”, interpelan a sus lectoras con un saber sin vacilaciones. Si este mecanismo delegativo resulta efectivo es porque ellas constituyen un grupo reducido que no expresan el deseo del conjunto de las mujeres del momento, sin que ello desmerezca el esfuerzo puesto en generar espacios culturales

Desde la perspectiva de género y feminista, La Camelia evidencia disrupciones en cuanto a la participación de las mujeres en el periodismo signado por la descomposición del rosismo y la apertura a posteriori hacia el pensamiento liberal.  En sus posicionamientos editoriales queda de manifiesto no solo un planteo en torno ciertas versiones de liberación nacional, sino también de resistencias femeninas. Desde el enfoque de género, cabe preguntar: ¿Cómo comprender la emergencia de estas redactoras de La Camelia? ¿Constituían modalidades de salida al espacio público en calidad de sujetos de producción de ideas? ¿Se está ante una modalidad de resistencia a un patriarcado histórico y culturalmente articulado?

Las autoras no resisten desde un lugar clásico, el privado, sino que salen y se instalan en el espacio cívico como sujetos de palabra, de pensamiento. Su voz se configura, entonces, en una suerte de conciencia crítica del patriarcado. Pero ésta no es la única causa de desaprobación, también están  presentes las experiencias vividas por las mujeres en el poder durante el régimen rosista. Por lo tanto, lainvisibilización y carencia de voz  que viven a nivel personal encuentran en este “espacio editorial propio” la posibilidad de iniciación de un ejercicio democrático donde se cuestionen los cánones establecidos a nivel social. ¿Se trataba de un ejercicio de democratización e inclusión para las mujeres? ¿O un “espacio editorial propio”? ¿Qué nociones socio-históricas de libertad e igualdad estaban en juego a través de dicha editorial?  Tales interrogantes conducen a hipotetizar que La Camelia constituyó un alegato en defensa de una mayor igualdad entre los sexos. De ahí que este periódico podría constituir un documento político. Documento, por cierto, cuestionador tanto del totalitarismo político como  también del ejercicio masculino del poder en donde los varones han demostrado su naturaleza: dominar a través de la fuerza.

Siguiendo esta línea pretendemos indagar qué limitaciones podrían presentárseles a las mujeres para manifestar sus ideas libremente y a qué estrategias ocultas recurrían las editoras para evitar cualquier tipo de discriminación social por manifestar sus ideas políticas y genéricas en una época signada por la salida del régimen de Rosas. Si bien el posicionamiento de estas mujeres es disruptivo y La Camelia les ofrece un espacio propio desde el cual dejar de manifiesto sus ideas, ellas generan resistencias “en tanto mujeres de una determinada clase social”. Es decir, pertenecen a una clase social alta  habituada a la producción y consumo de bienes culturales. Y es en este espacio en donde ellas visibilizan su exclusión. Por lo tanto, para integrarse al nuevo proyecto político buscan su lugar a través de la educación, herramienta fundamental para reparar las desigualdades existentes.

Por otra parte, interesa incursionar en las tensiones de clase, es decir, en las diferencias entre las propias mujeres que quedan de manifiesto en el periódico. Si bien se observa la visibilización de la voz femenina en detrimento de una mirada androcéntrica sobre el proceso de lahistoria argentina,  alegato en defensa de una mayor igualdad entre los sexos, no se propone lo mismo dentro del género femenino. Ellas solo dialogan con las de su propio nivel social, que se convierten en sus interlocutoras. Por ello se infiere una falta de contacto entre nuestras escritoras y las otras mujeres. La Camelia solo aborda problemáticas distintivas de su clase, en tanto aquellas que no están próximas a los espacios de poder carecen de significación. Estas mujeres, al renegar de esa condición, manifiestan una nueva imagen femenina, subvirtiendo y resignificando los estereotipos esperados para ese período, además de desestabilizar las categorías pasivas de su sexo. Por lo tanto, ellas se autoconfiguran como sujetos políticos al convertirse en portavoces de una premisa que deviene en  insubordinación y resistencia, además de integrar nuevas voces a la historia.

[1] Auza, Nestor Tomás, Periodismo y feminismo en la Argentina. 1830-1930, Buenos Aires, Emece, s/f, p. 164

[2]Rosa Guerra fue escritora, educadora y periodista. Oriunda de Buenos Aires. Más allá de su  supuesta vinculación con La Camelia, desarrolla una intensa labor intelectual y de producción escrita a partir de 1854: en la revista La Educación, en los periódicos La TribunaLa Nación Argentina y El Nacional. En 1860, la novela Lucía Miranda. Tres años después escribe un libro de lectura para niños Julia o la educación, dedicado a Mariquita Sánchez de Thompson. Fallece en Buenos Aires el 23 de agosto de 1864.

[3] Sábato, Hilda, La política en las calles. Entre el voto y la movilización. Buenos Aires,1862-1880, Buenos Aires, Sudamericana, 1998, pág.62.

[4]Masiello, Francine. Entre civilizacion y barbarie. Mujeres, nación y cultura literaria en la Argentina moderna. Rosario, Beatriz Viterbo, 1997, p. 77.

[5] Sosa de Newton, Lily, Las argentinas de ayer a hoy. Buenos Aires, Ediciones Zanetti, l967, p.79.

[6] Masiello, Francine. Op. cit., p. 14

[7] Sábato, Hilda, Op. Cit., p.17.

[8] Ibídem,p.63.

[9]Centro Feminista de Estudios y Documentación, El trabajo de las mujeres a través de la Historia, Madrid, Instituto de la Mujer. Ministerio de Cultura, 1995, p. 80.

[10] Sosa de Newton, Lily “Cómo y cuándo las mujeres comenzaron a comunicarse por medio de la prensa en Buenos Aires”. Todo es Historia,nº 294, Buenos Aires, diciembre 1991, p. 67-69.

[11] Laudano, Claudia, Las mujeres en los discursos militares(1976-1983), Buenos Aires, Red de Editoriales de Universidades Nacionales-Página 12, 1998, p. 51.

[12] Masiello, Francine La mujer y el espacio público. El periodismo femenino en la Argentina del siglo XIX, Buenos Aires, Feminaria Editora, 1994, p. 7

[13].Las costumbres de la época, al no reconocerles a las mujeres derechos políticos, económicos,civiles y sexuales las ubican en un lugar de minoridad: siempre dependiendo legal y económicamente de su padre, tutor o marido. Permanecen bajo la tutela paterna hasta el casamiento o hasta los veintidos años si son solteras. El esposo o progenitor tiene poder sobre ellas en temas relacionados al comercio, al empleo y al uso del dinero. Nada se hace sin el consentimiento de los varones. Asimismo, no pueden ejercitar autoridad sobre sus hijos, a menos que sean viudas o abuelas. La patria potestad adquirida ante la muerte de su marido, se pierde de inmediato cuando se casan de nuevo.


Artículo publicado con el título “La Camelia, una prensa de mujeres” en el blog Damiselas en apuros, donde la autora agradece la colaboración de Emmanuel Theumer y de Paola Martínez.

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