Prensa escrita por mujeres anarquistas

Una vez más, en Damiselas en apuros, Mabel Bellucci explora la historia de las mujeres. En esta oportunidad, la de mujeres anarquistas que escribieron y publicaron una prensa propia para otras mujeres.

El artículo se titula: Anarquismo en Argentina: la prensa de mujeres para mujeres (1890-1930). Léelo completo en esta entrada. 

En Buenos Aires, Rosario, La Plata y Necochea, desde fines del siglo XIX hasta las tres primeras décadas del siglo XX, surgieron publicaciones escritas por obreras para obreras. Las más difundidas fueron Propaganda anarquista entre las mujeres y entre las obreras, que constaba de una serie de folletos impresos bajo el sello Biblioteca de la Questione Sociale, a cargo de Ana María Mozzoni (1895);.La Voz de la Mujer, de orientación comunista-anárquica,  de Virginia Bolten (1896-97); y Nuestra Tribunade Juana Rouco Buela (1925-27). Dicha manifestación develó el protagonismo de las mujeres en la letra impresa y, con mayor precisión, en el periodismo.

Se recupera así la producción gráfica local de un número de trabajadoras formales e informales en consonancia con los albores de las corrientes inmigratorias de ultramar, y en especial, con aquellas voces libertarias del incipiente movimiento obrero industrial. A la vez, ellas escribieron una variedad de artículos como colaboraciones ocasionales en el periódico proletario de mayor circulación dentro de las filas anarquistas, La Protesta, y además en revistas de corto aliento. En el espacio del ideario socialista también hubo una publicación con características similares a las evocadas, Tribuna Femenina, a cargo de la dirigente gráfica socialista Carolina Muzzilli.

Estos tres periódicos de cuño obrerista apuntaban a difundir entre sus pares una visión rupturista de lo instituido y a construir un nuevo orden bajo las premisas de la revolución social. Su condición de trabajadoras las llevaba a presentar un contrapunto en torno a la explotación capitalista y, en especial, los lugares subalternos de sus compañeras y compañeros de clase. De alguna manera, estimuladas por las exploraciones llevadas a cabo en Occidente[1], necesitaron de la escritura para sus contiendas por conquistas obreras que no siempre incluían cuestiones específicas relacionadas a su condición de mujeres, como podría entenderse desde las corrientes feministas. No obstante,en todas ellas emergió una expresión de malestar anclado en el espacio íntimo contra situaciones concretas de violencia doméstica, adelantándose al horizonte mental de la época.

Por esto y mucho más, existen razones significativas para abordar dicho fenómeno cultural. Por un lado, sería “volver visible lo que ha permanecido oculto para la historia”, concepto de Sheila Rowbotham en su libro La mujer ignorada por la historia. Y como reclamaba Jules Michelet, también “hacer hablar los silencios de la historia”. Por el otro, la vinculación simultánea entre ser militantes políticas/ sociales y obreras llevó a articular modos de pensar con sujetos en acción, es decir, una “visión del mundo”, tal como proclamaba György Lukács. Mientras que Beatriz Sarlo en El imperio de los sentidos repara en que los textos forman al actor social. En efecto, la aparición de estas producciones- Propaganda anarquista entre las mujeres y entre las obrerasLa Voz de la Mujer Nuestra Tribuna-respondió más a inquietudes y compromisos de las autoras que a un movimiento de obreras organizadas dispuestas a apropiarse del saber y de la escritura contestataria. Así, de hecho, dialogaban con una lectora implícita con prácticas culturales e interés de absorción.

Sin embargo, en ese incipiente mundo de potenciales interlocutoras, el grueso estaba integrado por analfabetas o parcialmente alfabetizadas- fuesen inmigrantes o migrantes, obreras industriales o informales-. En esta dirección, los diversos modos para acceder a la cultura escrita se presentaban mediante la lectura silenciosa o en voz alta, individual o colectiva, dirigida o independiente. Si bien no se podría precisar el nivel de impacto y recepción de estas producciones periodísticas y de opinión, se sabe que en aquellos momentos emergía un corpus femenino dispuesto a leer y a comunicarse que no siempre estaba inscripto dentro del terreno social interpelado. En cuanto a la autoría, buena parte de ellas hacían del lenguaje una herramienta fundamental para denunciar como para demandar. Por ello, los medios gráficos adquirieron el signo de documento político, constituyendo retóricas emancipadoras junto con la de descubrir el aparente vacío histórico relacionado a sus múltiples situaciones de subalternidad en cuanto mujeres populares. Notable paradoja: sus provocativos enunciados poco o nada tenían que ver con esas imágenes de ese entonces de un contingente de trabajadoras subordinadas a las lógicas del mundo fabril y doméstico, ya que la osadía de tomar para sí el uso de la palabra es lo que permitió que las estudiemos en este presente.

De los debates públicos al privado e íntimo

Sin duda, las autoras al transitar ese recorrido se incorporaron al espacio público y, de alguna manera, se posicionaron como referentes intelectuales dentro y fuera de sus ámbitos más próximos. Esto respondía, en primera instancia, a que deseaban intervenir de forma activa en las deliberaciones que se abrían frente a la urgencia por construir un nuevo orden social y político del país. Asimismo, este contingente de damiselas se relacionaba por vías múltiples con las vanguardias librepensadoras, pese a que no siempre eran estimuladas por sus compañeros a generar textos que se alejasen del pensamiento acuñado por ellos.

En esta prensa, el arco a favor de la causa de las mujeres se extendió todo lo que habilitaba el contexto, a partir de una mirada crítica que podía ir más allá de las fronteras de la clase  y que, además, planteaba tensiones paradojales en torno a sus malestares. Vale decir: se impugnaba los abusos que ellas padecían en su proceso de proletarización al cual se le añadía con propuestas osadas, el cuestionamiento a los abusos dentro de la vida familiar y de pareja. En dicha prensa libertaria asomaron retóricas que acompañaban estas temáticas sin llegar a compromisos directos con los feminismos en danza. Incluso, en el interior de dichos colectivos se cuestionaba con dureza el pensamiento feminista en la medida en que era entendido como una posición burguesa más que como una herramienta emancipadora en torno a la propia subalternidad. Y durante esos años en la mayoría de los grupos que se organizaban sostenían este mismo discurso. En palabras de Dora Barrancos, para ellas “el feminismo era una anomalía y las feministas unas equivocadas que en lugar de liberar a las congéneres las llevarían a nuevos encadenamientos, sobre todo tratándose de sufragismo”. Barrancos habla del ‘contrafeminismo’ del feminismo anarquista”, que sintetizaba los desvelos de buena parte de sus militantes contra esas miradas que no resaltasen con prioridad problemáticas vinculadas al universo obrero.En efecto, al ubicarlas dentro de su contexto histórico, Propaganda anarquista entre las mujeres y entre las obrerasLa Voz de la Mujer y Nuestra Tribuna armaron agendas de proposiciones que tenían relación directa con la emancipación económica, política y religiosa de las mujeres. En esta dirección, si bien nuestras autoras estaban mediadas por las preocupaciones de sus grupos en virtud de idearios impugnativos del terreno público- en su cuestionamiento al Estado, los partidos políticos y a la Iglesia- a diferencia de la privada, reforzaban más que sus compañeros el deseo de quebrantar la moral sexual, el modelo familiar imperante y de denunciar el sojuzgamiento físico y emocional de las mujeres. Dora Barrancos en Anarquismo, educación y costumbres en la Argentina de principios de sigloresalta “la marca rupturista de esta amplia franja ideológica lleva a cuestionar duramente lo instituido en ambos espacios e incluso enfrentarse con sus pares masculinos.” Y además, develaban las condiciones de subordinación dentro del patrón familiar autoritario y machista. Institución, por cierto, que influía sobre las expectativas de aquellas que integraban los sectores populares, ya que tener una prole representaba el proyecto central de sus vidas. En líneas generales, se cruzaban demandas urgentes y puntuales con intentos de desnudar las costumbres machistas que imperaban tanto en la fábrica como en el hogar. Sin paliativo alguno, exhibían las formas de violencia a las que eran sometidas por las golpizas y maltratos por parte de sus cónyuges, aunque si bien disponían de una falta argumentación teórica, que aún todo estaba por hacerse, se centraban más en la experiencia de vida. Aún no era momento histórico de abordar la problemática a partir de la noción de patriarcado o sexismo. Por lo tanto, para ellas su situación opresiva provenía básicamente del egoísmo masculino y de la hipocresía de la doble moral burguesa. De esta manera, se estaba lejos de inscribir sus desasosiegos como resultado de un régimen de relaciones sociales sexo–políticas jerárquicas y desiguales.

Ahora bien, en las mencionadas publicaciones se configuró una retórica a partir de sus nuevos roles en el mundo del trabajo asalariado. Las más recurrentes fueron aquellas enlazadas por un lado a la explotación fabril, accidentes y condiciones insalubres de trabajo en la industria, enfermedades crónicas, acoso patronal, falta de capacitación y educación, explotación salvaje, horarios extensos, el compromiso de huelga, el descanso dominical, el salario promedio, la represión policial. Por el otro, la prostitución, el higienismo, la anticoncepción, la masturbación, el machismo, la maternidad divinizada, la institución familiar, la moral burguesa, el amor sin sujeciones, el maltrato conyugal, el antimilitarismo, la influencia de la iglesia católica, entre otras tantas cuestiones. En cuanto a las secciones, las más recurrentes eran correspondencias, largas editoriales doctrinarias, textos literarios, misceláneas, difusión de actividades culturales de los centros obreros, opiniones de temas políticos nacionales e internacionales, suscripciones y citas de famosos pensadores, entre otras tantas. Por otra parte, las cartas de lectoras probablemente para ellas adquirían otro nivel valorativo al significar formas espontáneas de aparición y de participación en un medio como el periodismo, que aún les resultaba ajeno a sus capitales simbólicos.

Todas estas manifestaciones periodísticas, Propaganda anarquista entre las mujeres y entre las obrerasLa Voz de la Mujer Nuestra Tribuna, fueron más parecidas a una folletería u hoja impresa que a un diario moderno. Eran de formato pequeño, semiclandestinos, con una salida discontinua y se repartían de mano en mano en forma gratuita. Además, se sostenían con la contribución y suscripción de ayudas voluntarias. Aún, como quedó dicho, no nos encontramos frente a un periodismo profesionalizado, sino, más bien, a una prensa amateur con conciencia social. En palabras de María del Carmen Feijoó en su trabajo Las feministas, eran “un grupo reducido de activistas o adherentes a causas revolucionarias que no representan ni expresan el deseo del conjunto del colectivo de mujeres de la época, sin que ello desmerezca el esfuerzo puesto en sus prácticas”.

Si eligieron este medio de expresión fue para transmitir sus idearios y reforzar la presencia y el proselitismo dentro de los diferentes ámbitos de mujeres ya sea en fábricas, conventillos, sociedades de resistencia, huelgas, centro sociales. Fuera de sus propios círculos no provocaron adhesiones sustanciosas pero sí ciertas aversiones solapadas o expresas.  Si bien las tres publicaciones representaron un alegato contra la discriminación y desigualdad de clase que incluiría en parte a la de sexo, al contextualizarlas en una etapa sociohistórica concreta del país como fue principio del siglo XX, se transforman en documentos políticos. Cuestionadores, por cierto, tanto del capitalismo como del ejercicio autoritario en manos de los varones. Así, mientras un ajustado grupo de mujeres se proletarizó a través de su ingreso a las fábricas y talleres, el grueso se sustentaba mediante el trabajo a domicilio, oficios artesanales, servicio doméstico y comercio ambulante, constituyendo así una amplia franja que no logró incorporarse formalmente al sistema productivo. En resumidas cuentas: esta etapa de la sociedad argentina carecía de propuestas laborales para las mujeres pobres de la ciudad o del campo y  fueron contados los ámbitos que originaron un empleo que conformara una masa obrera de mujeres. Por lo tanto, ellas debieron ser las que autogestionaron el sostén, insertándose a partir de las fisuras más estrechas y elementales del mercado de entonces.

En este período histórico, prosperó un espíritu de ideas cuestionadoras en cuyo seno convergía una amplia confluencia de corrientes de pensamiento moderno y no tan moderno, que no se oponían totalmente entre sí, sino que incluso se entrecruzaban por cuestiones de afinidades: el socialismo, el liberalismo radical, el anticlericalismo, el evolucionismo positivista, el neomalthusianismo, el anarquismo y el sindicalismo. Todas estas corrientes confluyeron en un espacio de sensibilidades sin encuadres dogmáticos. No cabe duda que nuestras féminas por más que provenían de sectores obreros al sostener una formación autodidacta estaban más acostumbradas que otras al consumo de bienes culturales, y este habitus les permitió, con diversas tensiones, volcarse a la producción periodística y de opinión. Y fue en esos espacios en donde ellas también levantaban la educación como herramienta fundamental para reparar las desigualdades existentes y transformar los roles tradicionales impuestos por el régimen capitalista, la moral burguesa y el autoritarismo machista. Estos tres periódicos, entonces, fueron inflexibles a la hora de ahondar en las diversas opresiones que sufrían las mujeres de la época, y que serían visibilizadas  más adelante por las corrientes feministas, a partir de los años sesenta hasta la actualidad.

[1] Ya comenzado el siglo XIX, tanto en Europa (Londres, París, Berlín) como en Estados Unidos (Boston, New York, Washintong) atravesaron un clima revolucionario y de tensiones políticas y sociales. En estos centros se impulsó un periodismo femenino desde la corriente librepensadora inglesa y francesa; estimulando a la lucha por la igualdad entre ambos sexos no sólo  en el orden legal sino también en el campo de las costumbres. Isis fue la primera publicación editada en Londres. A partir de 1832, en Francia aparecieron Le Journal des FemmesLa Femme libreLa Femme nouvelleLa Tribunades FemmesLa Gazettes des Femmes y Journal des dames y des modes. El estallido revolucionario de 1848 y la aparición del Manifiesto Comunista, no pasaron desapercibidos para estimular una prensa de mujeres. En cuanto a Estados Unidos, sus mujeres se encontraban en una posición legal y económica más favorable que las de muchas otras sociedades capitalistas. Amelia Bloomer, en los años 40, publicó el primer periódico feminista norteamericano The Lily.

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